Al encuentro de lo invisible

Por María Xavier / 10 de agosto, 2026

En la ventana del bus solamente veía millones de gotas de agua, cayendo incesantes. Ciertamente, la intuición me había avisado desde temprano, que ese viaje con desconocidos era descabellado, pero yo, oídos sordos y estornudando por una alergia inoportuna, me subí con ellos a las 19 horas de ese sábado 8 de agosto, ya cerca de la lluvia de meteoros: Las Perseidas. Éramos 13 aficionados.

Llevé mi cámara Nikon, dos lentes extras, trípode, botas de expedición, guantes, gorro de lana, abrigo, agua, un sandwich hecho por Fran y una manzana. Salimos de San José rumbo al Cañón del Guarco, zona liminal entre Cartago y Dota, a dos horas aproximadamente. Buscábamos un espacio de cielo oscuro, desintoxicado de luz artificial y evaporado de lluvia… mientras yo seguía viendo la ventana empapada, me dije entre aaachú y aaachú, que tenía que confiar, no discutir con el destino, que los 90 dólares pagados, algo bueno me iban a dejar.

He contado por acá, que desde niña me fascina el tamaño del universo, como flotan esas infinitas luces sobre nuestras cabezas, pero no encuentro una palabra que abarque el tamaño de lo que no podemos ver, y explique toda la física y las fusiones químicas que ahí suceden. ¿Qué palabra sugieren para ello?: inconmensurable, mastodóntico, monumental, descomunal, atroz. Les digo, es que no hay una palabra que lo contenga.

Mientras salíamos de la ciudad bajo lluvia, un compañero de viaje habló sobre los vientos alisios, asegurando que el destino final estaría despejado. Vaya sorpresa la mía, media hora antes de llegar, todo empezó a secar. –Ves Mari, solo hay que confiar. Pensé.

Íbamos al encuentro con la Vía Láctea, la Milky Way en inglés, esa espiral de luz lechosa que abraza nuestro hogar redondo, La Tierra, escurridiza a la vista, pero que ahí está, bailando un vals con nosotros en la discoteca del universo. Al bajarnos del bus, parecíamos escaladores del Monte Everest o astronautas caminando en la Luna…Entonces, prendí la canción Eclipse de Pink Floyd, mientras dábamos un paso a la vez en ese terreno árido, agreste, apagado, en oscuridad, yo con 3 bolsos en la espalda, subiendo con el grupo unos 50 metros, tanteando las piedras, apoyándome en los escasos reflejos de uno que otro foco, adaptándome al viento helado que golpeaba mi cara, mis costados, que me desgajaba los bolsos y empezaba a desordenar mi pelo, –detalle muy importante–. Preferí apagar la canción Eclipse en mi imaginación.

La sensación térmica era quizá 6 grados celsius, la velocidad del viento no lo sé, y en esa oscuridad, usando el sentido del tacto, empecé a instalar el trípode, a atornillar la cámara y a asegurar las cosas para que no salieran volando. Al mismo tiempo, arreglaba mi gorro de lana porque la capucha de la chaqueta lo movía una y otra vez.

Los guías del tour empezaron orientando que pusiéramos las cámaras en modo cien por ciento manual, enfrentándome así con mi bella compañera Nikon Z50II, nueva. ¡Yo no sabía aún como hacerlo!. Uno de los guías llegó a mi auxilio, mientras el viento volaba mi gorro de lana quién sabe dónde… Yo pensaba que estaba atrapado entre mi cuello y el suéter, y me estuve contorsionando como perro pulgoso para intentar hallarlo. Sin éxito.

El guía tampoco podía ajustar mi cámara, tuvo que pedir ayuda a su colega, quien finalmente la hizo enfocar lo invisible. Para ese momento, yo seguía estornudando, además, el pelo de mi frente estaba tan alborotado que se metía en mis ojos y boca. Y yo, aún no había disparado ni una foto.

Miré hacia arriba solo para encontrar las mismas estrellas de siempre, al menos pasó una fugaz –recuerdo a Fran con ellas–, pero no veía a la Vía Láctea asomar su brillo, pensé que la vería encendida. Dudé si estar ahí valía la pena, con ese frío, polvo, viento, tan lejos de mi cama caliente… Bueno, ya estaba ahí, a eso había ido, y empecé a disparar fotos. Yo incrédula. Los otros compañeros observaban en silencio lo mismo que yo, ajustaban sus equipos y recogían sorpresas en sus visores.

Giré mi cabeza de un lado a otro buscando una señal, una forma, el llamado de mi intuición. El cielo seguía despejado, las estrellas reconocibles se movían al tic–tac del reloj, mi pelo volaba, con mi celular alumbraba los botones de la cámara pero los guantes me estorbaban, también moqueaba. En ese caos, empecé a reírme de mí misma.

De repente vi algo, una mancha tenue, algo como una gran nube vertical

Enfoqué hacia eso casi invisible. Hice CLICK, con apertura de diafragma en 4.5, la velocidad en 13 segundos y a 3,600 de sensibilidad ISO, en RAW. CLICK, CLICK, varias veces. Se acercó uno de los guías para decirme: –¿Ves esa mancha?, es la Vía Láctea. Mi intuición me había llevado a ella. Yo celebraba por dentro estar tan cerca de esa eterna belleza, a la vez que me compartían un café aguado y azucarado que no tenía cómo agarrar.

Mientras escribo esto, doy play continuo a la canción Lost Words de Pink Floyd, cuya letra, en mis palabras, habla de transformar las emociones oscuras, en alta vibración. La melodía es como un himno que inspira volver al amor, justamente lo que sentí al ver mis pocas fotos la mañana siguiente: imperfectas, algo movidas, quizá pude haber intentado más estabilidad, con 10 segundos, o más lentitud, menos apertura, menos Isos, quien sabe qué más, pero nada de eso me importa ya. Esta es mi foto, es mi acercamiento a ese cuerpo de luz y gases que nos abraza, que nos escolta en ese baile imparable por la galaxia.

Al revelar la imagen, darle más contraste y más luz, ese pedazo de Milky Way se dejó ver, ahí estaba, sobre mi cabeza, detrás de la lluvia, a pesar de los terremotos y de mi incredulidad, siempre estuvo ahí, sin que yo lo advirtiera. Ahí estaba esa eterna luz, donde quizá vive el amor, o Dios.

FOTOGRAFÍAS POR MARÍA XAVIER / MUJER URBANA

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