Nada particular

Por María Xavier / Junio 8, 2026

El columpio

Esa tarde nos sentamos once mujeres en una mesa larga, para hablar de la hierba que se enraizó adentro, es decir sobre plantas.

Fuimos convocadas a través de las redes sociales de Teorética, por Verónica Navas y Yavheni de León. Ambos son artistas visuales, que exploran la relación del reino vegetal con el cuerpo de nosotrEs. Durante las cuatro sesiones íbamos a leer eco-poesía, observar plantas medicinales, plantarlas, descubrir detalles en ellas, activar nuestros sentidos, cuidarlas, sostenerla en el tiempo, y lo más profundo: compartiríamos parte de nuestra historia personal a través de un ser vegetal significativo en nuestra vida. La mayoría, éramos completas desconocidas. Nada particular, aparentemente.

Tal cual, nos llenamos de tierra las manos, olimos las hojas, elegimos fotos, recortamos papeles y coloreamos para crear nuestro folio personal, el que yo inundé de palabras y del sentido total que reverencia las raíces de mi memoria. Nada particular, ¿verdad?, y a la vez tan impresionante, sabernos ligadas a recuerdos afectivos que hasta nos rompen la voz al narrarlos, ante esos oídos atentos y empáticos.

Una chica contó sobre ese árbol de aguacate en casa de sus abuelos, donde cada hermano tenía una rama propia, desde la cual encendían la nave espacial para despegar de la Tierra; la maestra de yoga contó sobre el jardín de su abuela y de esa mano mágica que prodigaba amor y fortaleza a sus matas, jardín donde ambas acompañaban la sensación de abandono; la chica cineasta contó que su abuela le daba a cada nieto una jícara para ir al río, y ahí les servía la bebida casera para apagar la sed, vasija que les acompañaba durante todas las vacaciones familiares. Desde la muerte de su abuela, ella no había regresado a ese pueblo, y cuando decidió ir, presenció el vuelo de decenas de palomas sobre un árbol de jícara, que para ella significó la presencia de su abuela; la diseñadora contó sobre el árbol de Cortés, que unos trabajadores segaron por error frente a su casa, mismo que al verlo retoñar, le representó el valor que ella cultivó para transitar por el tratamiento de cáncer. Ella ahora está bien y el resiliente árbol, crece otra vez.

Yo, María Xavier, escritora de la memoria, hablé del que por años fue mi Cedro, que de forma cíclica botaba las hojas al cerrar el invierno, para volver a brotar, semanas antes de las lluvias de Mayo, poco a poco, primero como una gamuza verde, hasta irse tupiendo entero. Una belleza que encendía mi fe en la vida y en la madre Tierra. Desprendía su olor fuerte, algo desagradable pero pasajero, por un par de semanas no mas, y daba hogar a incontables aves, ardillas, y bichos. Sus raíces debieron ser tan enormes como su altura de al menos 30 metros, en cuyas ramas colgó por tiempo, el columpio donde mis hijos y vecinitos se mecían hasta empolvar sus piernas y morirse de risa. Nada particular, ¿verdad?. Cosas simples de la vida.

Mi Cedro, al que prometí un fiesta en Mayo, sin poder cumplir, al que asocio con PROCEDENCIA, PERMANENCIA, HOGAR, ARRAIGO, EXTENSIÓN, COMUNIDAD, NICARAGUA, VIDA, FOTOGRAFÍA, LLUVIA, INFANCIAS, COLUMPIO, AVES, ARDILLAS, VERDE, AMOR, AMAR.

Ahí estábamos, ese grupo diverso en procedencias e intereses, pero cada una gestando el amor a la naturaleza, venerando la memoria que junto a ella hemos ido enlazando como ramas de buganvilia: fuerte, inseparable, y bella. Ahí estuvimos, hablando de lo incorpóreo, de los sentimientos, de recordar a las abuelas, la niñez, de seguir creciendo con resiliencia, como esos zacates que nacen en las grietas del cemento. Todo esto, sucediendo mientras el mundo se cae a pedazos… Y nosotras ahí, en un espacio pequeño, haciendo una oda al amor.

¡Qué cuento!

Nos sentamos seis mujeres alrededor del comedor de la abogada, una de ellas será nuestra maestra de literatura, con un PhD, vasta edad y experiencia docente. Las otras, entre viejas conocidas y amigas, somos aspirantes a escritoras y al menos una de nosotras, la financiera, jamás había escrito. Esa mañana teníamos que contar nuestra vida en relación con el oficio de narrar. Fuimos hablando una a la vez, escuchándonos con atención. Expresamos con tal pulcritud el quiénes somos, de dónde venimos y qué aspiramos, usamos nuestras más impolutas descripciones. La maestra nos observaba concentrada, y al final, nos preguntó qué opinábamos de lo que habíamos escuchado, de si había sonado interesante… pregunta difícil porque tocaba ser honestas y bueno, entre amigas hay que elegir las palabras justas sin ser hirientes. Nada en particular.

Comprendí que el fondo de esa pregunta giraba sobre «el drama», cuánto de honestidad, vergüenzas, cuánto de nuestros feos expusimos al hablar de sí mismas. Lo habíamos hecho muy poco, creando un relato plano, sin altos ni bajos, porque en realidad, nadie quiere ridiculizarse en público, siendo esa la parte más difícil al contar la vida propia, lo cual ha sido el énfasis de este blog, que tiene catorce años.

Así es, cuando yo escribo sobre mí, voy curando mis propios contenidos, a veces no puedo precisar más porque involucro a otros, a veces no deseo abrirme más allá, a veces no quiero crear una percepción errada de mí, a veces expreso fortaleza aunque no la sienta. A veces, la sinceridad en comunidades pequeñas, conlleva al juicio público, y no es fácil cargar con ello.

Ahí estábamos, esas seis mujeres, con la tarea de escribir sobre nuestros fracasos, sobre los días que quedamos mal ante la familia, ante el espejo, de cuando nos sentimos feas con ganas, tontas, deprimidas o enfermas, porque sin esa sinceridad no hay buena literatura. Nadie quiere leer sobre la felicidad pura, ¡que ni si quiera existe!. Somos una amalgama de estados anímicos donde también hay encanto, emancipación, despertares y amor. Esa es la tarea de quien escribe historias personales, auto–ficciones, poesía, canciones y libros de autoayuda. Honestas. Tenemos que ser honestas y admito que cuesta tanto.

…Escribí este párrafo para compartir ese día con mis compañeras de mesa, algo honesto y poco halagador para mí.

“Soy escritora”

Decía que era costurera, talabartera, y la última ocasión dije titiritera, pero el hombre de la ventanilla me regañó porque en su pantalla leía la lista de mis ocupaciones inventadas. Esta vez, como migrante y sin permiso de trabajo, le dije al oficial en la ventanilla que soy ama de casa, aunque por dentro quería decir que soy escritora. (Lo peor, es que dije eso frente a mis hijos, y es lo menos que me habría gustado que oyeran…. gajes de la vida.)

Y nos reunimos de vez en cuando, para hablar de otra sutileza: literatura. Empujando el campo de fuerzas, creando un espacio que nos ilumine en este mundo que, ya sabemos: cae a pedazos. Nosotras ahí, intentando escribir, aprendiendo juntas a hilvanar las palabras, como las ramas de la buganvilia. Nada particular. ¿Verdad?

El silencio

Desde hace quince años hago yoga, poco después empecé con la meditación: el estado mental en el cual yo elijo estar en silencio del mundo exterior, de redes sociales, del consumo, y hasta de mi misma, de mis argumentos, de mis angustias, de la felicidad, de mis pendientes y de otras densidades.

En abril pasado, participé en un retiro de silencio de la organización Arte de Vivir, junto a otras diez personas desconocidas para mí. Fuimos a una montaña donde había aire puro y realmente mucha quietud. No podíamos dar ni los buenos días. Las primeras doce horas me fueron difíciles porque yo estaba con mucha ansiedad y mal de estómago, pero luego me relajé y logré disfrutar las dinámicas introspectivas, la filosofía, la compañía del grupo, las caminatas en el bosque de pinos, los descansos en contemplación, y las bendiciones de Emma, la facilitadora. Nada particular. ¿Verdad?.

En mi día a día, a veces me integro en meditaciones grupales, algunas presenciales con El Arte de Vivir, otras veces por zoom, con personas que están en distintas latitudes, pero la mayoría del tiempo, estoy yo sola en mi rincón, con inciensos y estrellas luminosas, en el tercer piso de mi casa, donde también tengo una mesa llena de pinturas acrílicas, cerámica fría, canvas, pinceles, lápices graduados, espátulas y mil cosas más.

Reconozco que debería de usar esas herramientas con más frecuencia, pero el auto-sabotaje, pesado como un ancla, me hunde antes de empezar a explorar mis dibujos, –que ciertamente catalogo como infantiles–. Sin embargo, hace dos semanas se vino mi amiga Greta, –la misma que hace unos años cuidó mis plantas mientras me fui de viaje, y además, con quien asistí a los talleres de la hierba que se enraizó adentro–. Se vino a mi tercer piso, y estuvimos haciendo figuras de pececitos con la cerámica fría, mientras olíamos palo santo, comíamos galletas dulces y platicábamos de la vida y sus sonidos.

Mi historia de vida siempre ha estado acompañada de música, y justo ahorita muevo las teclas al ritmo de Fade Into You, de Mazzi Star, sin embargo, este año he reducido mi necesidad de explorar nuevos ritmos, estoy buscando la calma, sonidos familiares, letras que ya me se, busco lo que me reconforta, quizá por eso me refugio en el silencio, en escribir, en las reuniones con personas afines, donde mis emociones puedan conectar, aunque sea con desconocidos. Nada particular, ¿verdad?. Busco espacios donde la vida siga siendo prometedora para contrarrestar el mundo estridente de las noticias, quiero espacios donde quepan las sutilezas como hablar de plantas, de literatura, de honestidad, donde el silencio y la creatividad inunden mi espacio vital, para seguir adelante con ilusión.

Con amor, María Xavier.

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4 comentarios sobre “Nada particular

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  1. tierno

    la magia en mi vida ocurre cuando la gracia de esos momentos se riega en el resto de mi dia. Cuando el humor y la cejita de sonrisa que solo se asoma al ladito de mi boca, se presentan suaves y sin razón en dias llenos de cotidianidad. Cuando eso pasa siento la gracia del espíritu santo presente en mi. En esos momentos me siento lleno – simplemente lleno – ninguna emoción en particilar!

    gracias por compartir maXavier

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