Por María Xavier / Enero 7, 2026
Tomamos el tren en la estación central de Berlín, la Hauptbahnhof, que consta de cinco pisos, dos de esos destinados a abordar y bajar pasajeros. No comprendí su ingeniería, cómo hacen para no enredarse como spaguettis y estar a nivel de la ciudad no más al alejarse. Es inmensa, moderna y bonita, hay tiendas, al igual que muchas personas sin techo, algunos locos asiduos que hablan solos y demás ciudadanos exóticos. Es mejor no descuidar los bolsos.
De ahí zarpamos, Fran, Belén y yo hacia Zúrich, en un trayecto de siete horas que se me hizo delicioso. Un viaje pacífico, el tren casi tan cómodo como la primera clase de un avión, relajante, con el sonido sordo de la máquina de fondo. Aproveché para comprarnos café en el bar del primer vagón, luego, elegí el audiolibro: Los bienes de este mundo, de Irene Némirovsky, y despegué con la imaginación, mientras veía en la ventana las tierras extensas donde un día volaron aviones de guerra cargados de bombas, y donde la vida volvió a surgir.
Llegamos a Zúrich a las 17 horas, del 8 de diciembre del 2025. Nos esperaban en el andén mi hermano, cuñada y sobrino de nueve años, quien corrió hacia mí como un proyectil, abrazándome muy fuerte. Nos recibieron con tantas alegrías del corazón que solo puedo honrar ese momento con estas palabras y corresponderles con amor. Al instante hice un flashback a febrero de 1991, cuando llegué a Suiza por primera vez y me esperaba ese mismo hermano, de apenas diez años, de cachetes rosados, llorando de emoción. ¿Verdad que en la vida existen las historias paralelas?
Rentamos un airbnb para los seis, al llegar abrimos las maletas que venían llenas de los productos con sabor a casa: café Presto, jalea Callejas, pinol, rosquillas, naranja agria, achiote, además, traíamos los regalos para mi sobrino. Empezó así la repartidera.
El corazón de mi hermano siempre ha estado divido entre Nicaragua y Suiza, por eso, ir a las calles con ellos también tenía sentido de pertenencia. En tan solo tres días vimos la ciudad con la alegría que ellos la ven: nos mostraron sus avenidas preferidas, los miradores, las calles iluminadas de navidad, pinos gigantes, reales, con luces de colores, oímos villancicos, fuimos a la ciudad vieja, a la universidad, al museo de los niños; montamos en buses cuyas ventanas estaban relucientes, parecían la carroza de la Bella Durmiente, olían a limpio, y al bajar, las calles olían a pan de canela recién horneado; paseamos al borde del lago de Zúrich, donde se ven elegantes cisnes nadando, teniendo de fondo las montañas que lo contienen, donde brotan casas de todos los tamaños, y por si eso fuera poco, más al fondo, la vista topa con los Alpes de picos nevados.
La ultima noche, comimos raclette y fondue en un jardín navideño, y por supuesto bebimos más Glühwein. Hablábamos de cosas sencillas: de las costumbres que hay en esa tierra, de lo rico del queso, de planes futuros, hasta que el sobrino comprendió que a la mañana siguiente partíamos a Madrid y empezó a llorar. Belén lo consoló, lo abrazó y le contó al oído que ella estará a pocas horas de distancia en tren, prometiéndole llegar en la siguiente vacación.
Pertenecemos a un lugar cuando hablamos como todos hablan en la calle, cuando nos gusta la comida, cuando hacemos amigos locales, cuando conoces la idiosincracia, cuando alguien te extraña al irte lejos, cuando sabes el nombre del vendedor de frutas y tienes un peluquero de confianza, pero también cuando solo tienes algunas de esas variables, no todas. Perteneces cuando te gusta donde vives y puedes ver tu futuro en ese lugar. Pertenecer, a veces, es un asunto de actitud, –no es sencillo–, y toma tiempo.
Mi hermano y su familia ya tienen amigos ahí.
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Gracias hermana por plasmar con palabras tantos sentimientos encontrados.
Love you hermano