Por María Xavier
Hoy es 6 de enero del 2026, día de los Reyes Magos. Estoy en Granada, España, y desde mi ventana veo mucho sol, aunque realmente afuera está muy helado, por culpa de un frente frío que ha espolvoreado nieve en algunas ciudades europeas inusuales, como Siena. Con el día así de incómodo, me resultó ideal empezar a escribir, queriendo soltar en palabras, en orden o en desorden, lo que he recogido durante este tiempo que he estado suspendida en esta realidad alterna llamada vacaciones, pero que en realidad, es más que eso.
Estamos en nuestra sexta semana de viaje, salimos el 26 de noviembre para estar con Diego, Belén y con gran parte de la familia, que les recuerdo, estamos esparcidos por el globo porque somos exiliados de Nicaragua, –una etiqueta que no me gusta repetir, pero imposible de obviar–.
Este tiempo hemos caminado las veinte mil leguas de Julio Verne, –en mi imaginario–. El viaje empezó con doce días en Berlín, donde Belén estudió en 2025, por cuanto la primera parada fue ir a su escuela y llenarnos de su experiencia, andar en sus pasillos, hablar con sus maestros, alcanzar un poco en el espacio que ella usó. Luego, invadimos la ciudad, visitamos siete mercados navideños, el museo Humboldt Forum, el museo judío, los bunkers de la segunda guerra mundial, el campo de concentración Sachsenhausen, la prisión de la Stasi, el Bundestag (parlamento), recorrimos las paredes erguidas del muro de Berlín, la puerta de Brandemburgo, el monumento al holocausto, y fuimos al pequeño pueblo Kloster Tempzin, a conocer a la linda familia alemana de mi hija, donde hizo un intercambio cultural en 2023, ahí tiene 7 hermanos, otra abuela y hasta otros padres.
Corrimos para agarrar los trenes y los metros, engullimos calorías alemanas, vino caliente, cerveza, poca agua, cantamos con desconocidos, hablé con bebes muy elocuentes en los trenes. Berlín tiene una vibración increíble, la historia del imperio romano, cruza con Napoleón, luego con las guerras mundiales, con la guerra fría y la modernidad. Es una ciudad infinita que sentimos ligera de gente y de vehículos, cupimos en sus avenidas, estaciones y sonidos. Pero dentro de toda esa epopeya, lo más relevante es el relato de mi hija llevándonos por esas calles, impregnando de total sentido la experiencia, porque sin ella, habríamos tenido una vacación dinámica e interesante, pero con Belén, las calles tenían una razón para estar ahí, viviendo en el tiempo presente, donde todo encajaba a perfección, desde su primer grado de colegio, hasta esa noche que nos recibió en el aeropuerto.
Tanto las grandes ciudades como los espacios más pequeños, adquieren sentido cuando lo ocupan las personas que amamos y logran transferirnos la vitalidad con que los usan. Por eso, porque mi hija ha estado ahí, me llevo a Berlín tatuado en el corazón, al igual que tengo a Siena, aún si Diego ya no vive ahí, al igual que tengo a Minnesota, donde Fran y yo jugamos a ser novios de vacaciones, hasta que quisimos durar más tiempo.
Material… De Berlín apenas me traje: una taza azul que me dieron con vino caliente -glühwein en alemán- en uno de los mercados navideños, un trozo del muro, estrellas de papel con luz, decenas de fotos que no hacen justicia a lo que vivimos y vimos, y lo más preciado, el calendario de este año, en el que Belén diseñó el mes de agosto.
La siguiente parada fue Zúrich, donde habita mi hermano menor y su familia, teníamos que pasar unos días dándoles un cálido abrazo y dejándoles condimentos de nuestra tierra, que yo logro conseguir en Costa Rica: café Presto, jalea Callejas, pinol, rosquillas, naranja agria, achiote y otras cositas que de seguro los Reyes Magos también les llevarían.
Leer la continuación: ZÚRICH









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